No hay therian que oculte el desmadre socioeconómico de Argentina
- Santa Cruz Nuestro Lugar

- hace 23 minutos
- 3 Min. de lectura
¡MAMMMADERA!.. si uno prende la tele, scrollea dos minutos o se mete en X, parece que el gran drama civilizatorio del 2026 no es la reforma laboral, ni los salarios que se licúan, ni el alquiler que te arranca un riñón. No. El apocalipsis, en Santa Cruz y el mundo, ahora tiene cola de zorro y máscara de lobo. Los therian. Dale.

Vamos por partes, porque si no esto se convierte en cadena de WhatsApp del tío conspiranoico.
La palabra teriantropía viene del griego: therion (animal) y anthropos (humano). La idea de lo híbrido existe desde siempre. Ahí tenés al Centauro, o al clásico Hombre lobo. Y nadie salió a decir que Zeus estaba destruyendo Occidente por mezclar especies.
La versión moderna aparece en los ‘90, en foros de internet, donde algunas personas compartían que sentían una identificación —espiritual para algunos, psicológica para otros— con animales no humanos. Fast forward a hoy: pibes y pibas, en su mayoría adolescentes, que se juntan en plazas, usan máscaras, alguna colita fake y practican lo que llaman shifting, o sea, imitar movimientos del animal con el que se identifican.
¿Es raro? Y… sí, puede parecer raro. ¿Es el fin de la civilización occidental? Bajemos un cambio.
Si tenés más de 30 pirulos seguro te acordás del pánico moral con los floggers en los 2000. Plaza San Martín, flequillo planchado, pantalón chupín flúo. Se juntaban y parecía que estaban invocando a Cthulhu. Después pasó. Como pasó con emos, punks, metaleros, otakus, bloggers. Cada generación tiene su tribu urbana que escandaliza a la anterior. Aun así, la humanidad sigue existiendo.
Entonces, ¿por qué tanto quilombo ahora?
Primero, redes. Plataformas como TikTok viven de amplificar lo que genera reacción. El algoritmo no distingue entre identificación, burla o espanto. Le da igual. Lo que quiere son views. Si algo prende, lo multiplica. Y así un fenómeno recontra minoritario termina pareciendo que hay 700 mil lobitos copando Izamiento Dominical en Río Gallegos.
Segundo, el condimento ideológico. Acá se pone interesante (y más turbio que los estómagos de Carambia, Gadano y Garrido). Hay discursos que agarran el tema therian como excusa para decir: “¿Ven? Mirá hasta dónde llegamos con esto de respetar identidades”. Y en el mismo combo meten identidad de género, diversidad, feminismo, todo en una licuadora discursiva y ¡zas! Sale el jugo del pánico moral.
Cuando empezamos a hablar de “límites” a la diversidad, ojo. ¿Quién los pone? ¿En qué Excel se calcula eso? Históricamente esa puerta se abrió muchas veces… y nunca terminó bien.
Y acá aparece algo clave: la patologización. Esa manía de agarrar cualquier conducta que se sale de la norma y convertirla automáticamente en “trastorno”. Sí, existen patologías de salud mental. Obvio. Pero no todo lo que incomoda o descoloca entra en el manual clínico.
Ese mecanismo ya lo vimos mil veces. Antes con la homosexualidad. Después con las personas trans. Siempre hay alguien diciendo: “No discrimino, pero algún problema tienen”. Ese “pero” es un camión. Es la forma elegante de seguir marcando al otro como desviado, peligroso o enfermo.
En Argentina existe la Ley de Identidad de Género, que reconoce el derecho a la identidad autopercibida. Eso no obliga a nadie a “aceptar” nada en lo íntimo. Lo que exige es respeto en el marco de la ley. Punto.
Y acá viene lo incómodo: mientras discutimos si un pibe usa máscara de zorrito, el sueldo no alcanza, la inflación hace parkour sobre tu bolsillo y el laburo es cada vez más precario. No hay therian que oculte el desmadre socioeconómico de Argentina. Ninguno.
Si mañana desaparecen todos los therian del planeta, ¿mejora el salario mínimo? ¿Bajan los precios? ¿Se arregla la desigualdad? No. Entonces tal vez el problema no es el pibe que hace shifting en la ría.
Cada época tiene su monstruo simbólico. Hoy toca el lobito con cola de peluche. Pero el verdadero terror, el que te quita el sueño, no está en la plaza San Martín. Está en la heladera medio vacía, en el alquiler impagable y en el futuro laboral incierto.
Así que sí, debatamos lo cultural, obvio. Pero no compremos buzones. Porque mientras nos distraemos señalando máscaras, el quilombo real sigue corriendo en segundo plano.
Y eso, querido lector de "Santa Cruz nuestro lugar", no se tapa con ninguna cola de zorro.
Por @_fernandocabrera




Comentarios