Pancho Martínez, el Robin Hood de la Patagonia
- Santa Cruz Nuestro Lugar

- hace 9 horas
- 5 min de lectura
La parca se lo terminó llevando diez minutos antes de las doce, justo cuando el resto del país brindaba para sacarse de encima el maldito 2001. Pero a Francisco Jesús “Pancho” Martínez, el cotillón le llegó con plomo y sin sidra. Murió en su ley: armando un quilombo de novela, chorreando a dos manos y con la cana metiéndole un par de corchazos en el pecho. Así se cerró la historia de este personaje indomable, audaz y sacado que pisó la Patagonia; un tipo con un carisma tan hijo de puta que se fue de este mundo disfrazado de Robin Hood vernáculo, dejando una postal caótica que aún hoy provoca debate.

Nacido en 1964, Pancho Martínez era una figura recontra conocida en el ambiente policial y judicial de Comodoro Rivadavia. El vago tenía un prontuario abultado y más pesado que la guía telefónica de Buenos Aires, lleno de antecedentes por estafas, robos y hurtos. Pero no era un chorro del montón: el tipo tenía historia, vínculos con el mundo político y con los sectores populares. Había laburado en la obra social SEROS y andaba como puntero barrial en las zonas más periféricas y picantes de la ciudad. Con esa chapa, se movía como pez en el agua entre los necesitados, lo que le armó el caldo de cultivo ideal para que la gilada lo reinterpretara después como un “bandido popular” que supuestamente redistribuía lo que afanaba.
Para colmo, compartía cartel con otro monstruo: Rubén Eduardo Chandía Tapia, alias el «Chilote». Este chileno nacionalizado era una pesadilla andante que venía sembrando el terror y dejando sus marcas de plomo por tres provincias: Neuquén, Chubut y Santa Cruz. El Chilote no tenía piedad; le encantaba la pilcha fina, andaba de "comerciante" y tenía una debilidad hermosa por vaciar supermercados. Se la había puesto a más de cincuenta locales y en uno de esos tiroteos pesados en Río Gallegos se había cargado a un policía bombero. Corta la bocha. Un tipo peligroso de verdad que ya se había escapado de la Unidad 11 de Neuquén caminando pancho por la puerta de entrada con las visitas y que en Comodoro se había fugado cavando un boquete con una cuchara, tapándolo con un póster de Boca.
El 2001 venía golpeando fuerte a la Argentina, haciéndola sangrar. La renuncia de De la Rúa había dejado al país sin rumbo, el corralito generaba colas interminables de furia en los bancos y las calles todavía olían a gas lacrimógeno después de los saqueos y los cacerolazos feroces. En Comodoro Rivadavia, esa inestabilidad se sentía cada vez más como una bomba de tiempo: el dinero no alcanzaba para un carajo, los precios cambiaban semana a semana, muchos laburantes acumulaban meses sin cobrar un puto peso y en los barrios periféricos había un malestar que no dejaba de crecer.
En ese clima de mierda, la tarde del 31 de diciembre comenzó como cualquier cierre de año: comercios apurados, autos cargados de bolsas y una ciudad intentando celebrar a pesar de la malaria. Pero alrededor de las cuatro de la tarde, la rutina se quebró por completo cuando Pancho Martínez entró calzado a la distribuidora «La Salteña», en la calle Vélez Sarsfield al 1600, en el barrio La Loma. Iba acompañado por el sanguinario Chilote Chandía Tapia y un pibito de 20 años llamado Fabricio De Vigili. Lo que pretendía ser un robo común para salvar las Fiestas terminó escapando de sus manos en cuestión de minutos. Al verse rodeados por la policía, los tres hombres decidieron atrincherarse dentro del edificio y tomaron como rehenes al dueño Omar Cárdenas, a su hermano José y a un empleado, dando inicio a una de las escenas más tensas y delirantes que recuerde la región.
El secuestro demencial duró seis horas y paralizó a los 135 mil habitantes de la ciudad, congelados frente a la pantalla. Los chorros estaban rodeados por los francotiradores del GEOP, pero Martínez, en vez de achicarse, usó toda su labia de puntero y armó un show mediático digno de la televisión abierta. Pidieron jueces y cámaras para entregarse. Como el único negociador oficial de la policía había sido mandado a Gan-Gan (un pueblo de morondanga de 500 habitantes) por una interna de la fuerza, terminó entrando a negociar un cronista de Canal 3 apodado "Lámpara", que conocía a Pancho de la infancia y encima era evangelista, por lo que se puso a rezar con los delincuentes adentro del local.
Con las cámaras transmitiendo en vivo para todo Comodoro, el show de Pancho Martínez se volvió bizarro y consolidó su mito de Robin Hood patagónico. Asomado a una ventana, mientras le apuntaba a la cabeza al dueño del boliche, Pancho le revoleó una bolsa llena de guita al movilero:
«¡Que la repartan entre la gente, así por lo menos tienen algo para comprar para las Fiestas!», gritó con el alma.
Afuera se armó una batalla campal de lo lindo. Vecinos, crotos y curiosos se empezaron a cagar a trompadas en el asfalto por agarrar los billetes, que eran plata chica, primero de 500 pesos y después otra bolsa con más de mil quinientos. Viendo el éxito, Pancho eufórico empezó a tirar quesos, salamines y cajas de leche por la ventana gritando que el pueblo no iba a pasar más hambre y obligando al dueño a gritar lo mismo. La gente, enloquecida con el botín y el morfi gratis, empezó a alentar a la banda y a pedir a los gritos que los dejaran ir. Adentro, para coronar el delirio popular, los tipos cantaban la marcha peronista con los rehenes mientras Martínez se bajaba una botella de whisky. Pidieron sidra al vecindario, pero como se la llevaron sin gas, Pancho la denunció y las reventó contra la vereda de un cascotazo.
A eso de las once y media de la noche, las papas quemaban y la locura no daba para más. El pibe De Vigili quería un auto para escapar con un rehén y Pancho con el Chilote querían entregarse con garantías, pero la negociación se fue a la mismísima mierda cuando el periodista evangélico se cansó del histeriqueo y se las tomó.
Diez minutos antes de que arrancara el 2002, los comandos del GEOP se cansaron de la joda, reventaron una puerta lateral y entraron tirando a matar. El living de la distribuidora se convirtió en un infierno de pólvora, gritos y sangre.
Pancho Martínez, el Robin Hood de los barrios postergados, y su peligroso socio el Chilote Chandía Tapia quedaron secos en el piso, agujereados a balazos por la cana. El pibe De Vigili sobrevivió de pedo con cuatro corchazos en el cuerpo y los rehenes la sacaron barata con un par de heridas leves. El mito se había consumado: Pancho murió frente a los flashes que sellaron su destino, dejando un recuerdo de plomo, crisis del 2001 y un reparto de salamines y billetes por las ventanas que la memoria colectiva de la Patagonia no se va a olvidar jamás.
Por @_fernandocabrera




Comentarios