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Pascasio Moreno y la hijoputez de perpetuarse en la historia

  • Foto del escritor: Santa Cruz Nuestro Lugar
    Santa Cruz Nuestro Lugar
  • 24 ene
  • 4 Min. de lectura

El pasado 22 de enero se cumplieron 150 años de la llegada de Pascasio Moreno al Nahuel Huapi. Hermoso. Pero sepa el querido lector de"Santa Cruz nuestro lugar" que la historia argentina suele tener esa puta costumbre de contarse a sí misma como un cuento prolijo, con próceres impolutos y gestos épicos que parecen salidos de una lámina escolar. Pero cuando uno deja de comprar el relato con stevia, aparece otra cosa. Más incómoda. Más real. Y mucho más turbia.


El 22 de enero de 1876, Francisco Pascasio Moreno llega por primera vez al lago Nahuel Huapi después de una travesía larguísima que había arrancado el 25 de septiembre de 1875 en Buenos Aires. Tenía apenas 22 años. Veintidós. Un pibe, sí, pero ya con la cabeza formateada por la lógica más dura del siglo XIX: progreso, conquista, ciencia y patria, todo mezclado en una misma licuadora. Un pibe que ya pensaba —sin rodeos— como un verdadero hijo de la mierda.


Ese día, a orillas del lago, cerca del ingreso del río Limay, Moreno hace flamear por primera vez la bandera argentina. El gesto quedó grabado como un hito fundacional, un acto simbólico que hoy se repite en discursos, actos oficiales y placas conmemorativas. Pero conviene decirlo sin vueltas: no fue un acto inocente. Fue una marca de posesión. Un “esto ahora es nuestro” plantado en un territorio que ya tenía dueños, historia y cultura.


La llegada se dio con la autorización del cacique Sayhueque, dato que muchas veces se usa para suavizar el relato. Pero esa autorización no frenó lo que vino después. Porque Moreno no fue solo el explorador curioso que se deslumbró con el paisaje. Fue también parte activa del proceso que convirtió a la Patagonia en un espacio “disponible” para el Estado argentino, a costa del despojo sistemático de los pueblos originarios.


Desde 1876 en adelante, Moreno profundiza su vínculo con la región y construye su prestigio como científico y explorador. Pero ese prestigio se levanta sobre prácticas que hoy resultan escalofriantes: saqueo de territorios, profanación de tumbas, extracción de restos humanos y apropiación de objetos sagrados. Todo bajo el paraguas de la ciencia. Todo legitimado por una época que veía a los pueblos originarios como material de estudio o, directamente, como estorbo.


El caso del Museo de La Plata, fundado en 1888, es una herida abierta. Allí terminaron restos humanos y pertenencias de comunidades indígenas, muchas veces llevadas por el propio Moreno. No hablamos solo de huesos: hubo personas indígenas que vivieron en cautiverio dentro del museo, exhibidas, observadas, deshumanizadas. Una postal brutal del racismo científico que reinaba en ese momento y del rol que Moreno jugó sin ningún tipo de pudor.


Mientras tanto, el relato oficial lo consagraba como defensor de la naturaleza. Y es cierto: años más tarde, su pensamiento fue clave para la creación de los parques nacionales. Pero incluso ahí hay trampa. Porque esas tierras “protegidas” eran, antes, territorios indígenas, arrebatados y resignificados. La conservación del paisaje vino de la mano de la expulsión de quienes lo habitaban desde hacía siglos.


Acá no se trata de negar fechas ni de borrar la historia. Se trata de contarla completa. De entender que cada avance de una civilización suele implicar el cruel retroceso de otra, y que en la Patagonia ese avance se construyó con violencia, silencios forzados y aniquilación sistemática. No hay épica sin víctimas, por más que se la disfrace de ciencia o patriotismo.


A 150 años de aquella llegada al Nahuel Huapi, la memoria no puede seguir siendo selectiva. Recordar a Moreno exige bancarse la contradicción: el tipo que ayudó a pensar la conservación del paisaje fue el mismo que saqueó, profanó y colaboró en el despojo de los pueblos originarios. Todo junto. Sin stevia. Sin edulcorantes. Porque solo desde esa verdad incómoda se puede empezar a discutir en serio qué país se construyó, sobre qué cuerpos y a qué precio.


El museo del terror en La Plata

Ahora bien, este humilde redactor no puede hacerse el boludo y pasar por alto lo que pasó en el Museo de La Plata con la gente que terminó en manos de Pascasio Moreno. Cosas que, cuando las contás, te revuelve las tripas.


Después de la Conquista del Desierto (1878–1885), Moreno no solo volvió con mapas, cráneos y “hallazgos científicos”. Volvió también con personas vivas. Indígenas derrotados, arrancados de su territorio, llevados a Buenos Aires como si fueran parte del inventario. Hombres, mujeres y chicos convertidos en “material de estudio”. Así, sin vaselina.


El caso más conocido es el del cacique Inakayal, un tehuelche que había sido jefe y referente de su pueblo. Terminó encerrado dentro del Museo de La Plata, junto con su mujer y su hija. No como invitados. No como ciudadanos. Como prisioneros. Dormían ahí, limpiaban, eran observados, medidos, fotografiados, analizados. Vivían bajo la mirada de científicos que los trataban como ejemplares de laboratorio.


Inakayal murió en 1888, dentro del museo. Y ahí la cosa se pone todavía más siniestra: su cuerpo fue diseccionado, su cráneo separado, sus restos guardados en vitrinas durante décadas. Lo mismo pasó con otros indígenas: cuerpos exhibidos, huesos rotulados, nombres borrados. Ciencia con olor a necrofilia institucional.


Moreno, lejos de ser un testigo pasivo, fue protagonista. Avaló, impulsó y justificó todo eso con el discurso de la época: que los pueblos originarios eran “razas en extinción” y que había que estudiarlos antes de que desaparecieran. Traducción al criollo: ya los estamos haciendo desaparecer, aprovechemos a sacarles jugo científico.


Algunos de esos cautivos trabajaban dentro del museo, otros directamente vivían encerrados, sin posibilidad de volver a su tierra, sin derechos, sin voz. Eran parte del botín simbólico del Estado argentino triunfante. Territorios por un lado, cuerpos por el otro. Todo servía.


Recién más de un siglo después, ya entrado el siglo XXI, empezó el proceso de restitución de restos a sus comunidades. Recién ahí el Estado y las instituciones científicas empezaron a admitir —a los codazos— que aquello había sido una barbaridad.


Así que cuando se habla de Moreno solo como el prócer ilustrado, el tipo sensible a la naturaleza, hay que decirlo claro y sin vueltas: también fue carcelero, saqueador de cuerpos y cómplice de una violencia brutal. El Museo de La Plata no fue solo un templo del saber: durante años fue una cárcel elegante, donde la derrota indígena se exhibía con guardapolvo blanco y lenguaje académico.


Historia nacional, sí. Pero contada como corresponde. Sin bronce, y bancándose la verdad.

Por @_fernandocabrera

 
 
 

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