Pato Punk y Yito Guisande: el recuerdo de dos leyendas del rock riogalleguense
- Santa Cruz Nuestro Lugar

- hace 3 días
- 4 Min. de lectura
Es miércoles al mediodía, voy caminando y me freno en la vereda, en el semáforo de Belgrano y San Martín. Ciudad detenida, viento cruzado, ese segundo suspendido tan Río Gallegos donde nadie parece apurado pero todo está a punto de moverse. Y ahí lo veo: al "Cabe" Reynoso, quieto sobre una scooter gris plata, esperando el verde. No pasa nada extraordinario. Justamente por eso pasa todo.

Desde la vereda lo miro y pienso en esa relación vieja, casi congénita, entre el rockero y la moto. No como fetiche, sino como forma de estar en el mundo. La moto no es comodidad, es intemperie. No es refugio, es exposición. El rock también. No es casual: según cuenta Fernando Samalea en sus memorias, el propio Charly García andaba en ciclomotor por Buenos Aires en los años 80 y 90, moviéndose por la ciudad como quien juega con las llaves del nicho, desafiando el caos, el tránsito, la gravedad y la noche con esa mezcla de inconsciencia y libertad que solo tienen los que sienten que todavía están vivos. La moto como extensión del cuerpo, como declaración silenciosa.
Y en este cruce mínimo —en un semáforo, un mediodía cualquiera— algo empieza a girar en mi cabeza, como suele pasar cuando la realidad te tira de la manga y te dice: ojo con esto.
Hay historias reales que te miran de frente y te dicen "¡Pelotudo, esto no lo podrías haber inventado mejor!". Y hoy, querido lector de "Santa Cruz nuestro lugar", te hablo desde ese enfoque incómodo, casi culposo, donde la realidad le pasa el trapo a la ficción y uno —que escribe, que imagina, que arma relatos— se descubre deseando haber sido el autor de algo que, en verdad, ocurrió. No por morbo ni por ambición literaria, sino porque hay realidades que vienen con una potencia narrativa tan brutal que parecen escritas por alguien que no cree en segundas versiones.
Porque a veces la vida redacta cuentos sin pedir permiso. Cuentos crueles, secos, sin prólogo ni epílogo, donde los personajes no se buscan, no se eligen, ni siquiera se entienden del todo, pero igual terminan compartiendo una escena final que los vuelve inseparables para siempre. Y ahí es donde a uno se le mezcla todo: el dolor, el respeto y esa pulsión egoísta del narrador que piensa, en voz baja "qué historia tremenda para escribir", sabiendo que daría cualquier cosa porque nunca hubiera pasado en la vida real.
Siempre imaginé —y acá se me cruza el escritor antes que el cronista— que ese encuentro fatal que evocaré a continuación pudo haber sido mínimo, casi banal: un bar cualquiera, una joda, una esquina fría de madrugada. Uno llegando, el otro ya ahí. Una charla corta, una risa, tal vez un comentario sin importancia. Alguien que dice “che, ¿te arrimo?” y otro que acepta sin pensarlo demasiado. Nada solemne, nada anunciado. Como pasan las cosas que después resultan decisivas. En los cuentos que uno quiere escribir, esos encuentros suelen tener música de fondo. En la vida real, no.
En 2007, una de esas madrugadas torcidas dejó a Río Gallegos sin dos de sus músicos más queridos. Dos personas que viajaban en una motocicleta murieron tras perder el control del rodado en la autovía de la ciudad. Eran músicos. Eran conocidos. Eran parte viva del rock local. Pasaron ya 19 años y la herida sigue ahí, porque no se fueron dos más: se fueron Patricio Macías, el Pato Punk, y Eduardo Guisande, Yito.
La noticia fue seca, brutal. Dos muertos en la autovía. Sin metáforas, sin anestesia. El impacto fue inmediato, sobre todo en el ambiente cultural. Días después, otra página los despedía con un título que todavía duele: “Adiós amigos, nosotros los saludamos”. No era un adiós formal. Era una ciudad tratando de entender qué carajo había pasado.
No eran amigos de andar en manada. Cada uno tenía su órbita, su ritmo, su forma de plantarse frente al mundo. Coincidían en lo esencial, no en lo cotidiano. No compartían tribu ni escenario con frecuencia. Y sin embargo, esa noche los caminos se tocaron y el azar hizo el resto. Como en esos cuentos donde los extremos no se buscan: apenas se rozan y, en ese contacto mínimo, todo se desarma.
El Pato Punk era intemperie pura. Incómodo para el poder, alérgico a la obediencia, atravesado por una ética punk que no se declamaba: se vivía. Yito, en cambio, respiraba rock por cada poro: crudo, pesado, sin maquillaje, con una presencia firme y silenciosa. Dos maneras distintas de decir lo mismo: vivir sin pedir permiso.
La fatalidad no escucha discos ni pregunta de qué palo sos. Llega y punto. Y cuando llega, deja algo claro: somos frágiles, finitos, de carne y hueso. El rock no inmuniza. La convicción no blinda. El azar no negocia.
Por eso esta historia vuelve. Porque no es solo memoria: es advertencia, es espejo, es herida abierta. Porque el rock de Río Gallegos también se escribió así, con convicciones, con calle, con riesgo, y a veces con finales que nadie pidió.
Y en todo eso pienso mientras sigo parado en la vereda. Hasta que el semáforo finalmente cambia a verde. Veo al Cabe Reynoso arrancar a la chapa, la scooter tragándose la avenida, y perderse por Belgrano. La ciudad vuelve a moverse. Yo sigo caminando. Y queda flotando esa certeza incómoda: hay historias que no se apagan nunca, porque la realidad —como buena hija de puta— escribe mejor que cualquiera de nosotros.
Por @_fernandocabrera




Comentarios