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¿Por qué siempre se inunda Río Gallegos?

  • Foto del escritor: Santa Cruz Nuestro Lugar
    Santa Cruz Nuestro Lugar
  • hace 4 horas
  • 2 Min. de lectura

Cada tanto Río Gallegos vuelve a quedarse bajo agua después de un chaparrón que no es ni bíblico ni histórico, pero que alcanza para transformar calles en ríos y veredas en lagunas. El querido lector de "Santa Cruz nuestro lugar" sabe que esto es algo que pasa desde hace décadas. Entonces, ¿por qué siempre la misma película?

La posta es que la capital santacruceña está mal pensada desde el arranque. El suelo es arcilloso, con antiguos cauces de marea tapados a puro cemento. Eso significa que, cuando caen dos gotas, el agua no tiene por dónde escurrirse. Lo peor: el crecimiento urbano nunca vino acompañado de obras de ingeniería serias que contemplen la hidrogeología local. Ya en los ’60 hubo técnicos que avisaron cómo debía encararse la ciudad, pero nadie les dio bola.


Hay fotos aéreas de los ’40 que muestran lo que hoy parece ciencia ficción: la Laguna Ortiz conectada con el río, la María la Gorda llegando hasta Estrada y Zapiola. Todo eso formaba parte del drenaje natural, pero al levantar calles rectas en ángulos perfectos —una cuadrícula rígida— se rompió el escurrimiento del agua. Sumale barrios levantados en zonas bajas y tenés la receta perfecta para un enchastre.


El contraste es que hace más de un siglo, cuando la ciudad apenas pasaba los 2 mil habitantes, los gallegos y chilenos se metieron a pico y pala a abrir zanjas que llevaban el agua directo a la ría. No había planos digitales, ni consultoras carísimas, pero sí laburo duro y visión práctica. Las zanjas bajaban por la 9 de Julio hasta Moyano, cruzaban Mariano Moreno, Avellaneda, Urquiza… eran verdaderas autopistas de agua. Con eso, el pueblo se las rebuscaba mejor que ahora.


Después vinieron los iluminados que taparon todo con tierra. Achicaron lagunas, borraron chorrillos y hasta construyeron arriba de lo que eran vasos comunicantes naturales. Resultado: las lluvias hoy encuentran una ciudad sellada y sin salida.


Los viejos recuerdan con nostalgia aquel Gallegos de los ’30, cuando, pese a no tener más que tercer grado, aquellos inmigrantes trazaron desagües y construyeron casas que todavía resisten sin que se les descuelgue una puerta. Hoy, en cambio, seguimos con el mismo problema de base y con barrios nuevos repitiendo errores viejos.


Lo que jode es que no hay sorpresa: todos saben que Río Gallegos está plantada sobre un suelo que no filtra y en un plano urbano que no drena. El agua se acumula, se mete en las casas y obliga a sacar baldes como si fuera parte del folclore local. Y mientras tanto, las soluciones de fondo siguen esperando en algún cajón.


La conclusión es amarga pero real: Río Gallegos no se inunda porque llueva mucho, sino porque está mal pensada. Y si nada cambia, cada tormenta siempre será un déjà vu con aroma a barro, cloaca y resignación.

Por @_fernandocabrera

 
 
 
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