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¿Quién fue Dante Cantarutti? Una copa, un apellido y un tipo al que no hay que olvidar

Foto del escritor: Santa Cruz Nuestro Lugar
Santa Cruz Nuestro Lugar
hace 3 minutos
13 min de lectura

Hace apenas unos días terminó en Río Turbio la XXXII edición de la Copa Dante Cantarutti. Durante tres jornadas, del 9 al 11 de octubre, la Cuenca Carbonífera volvió a convertirse en punto de encuentro para equipos de distintos rincones de Santa Cruz y de la Patagonia chilena. La pelota pasó de una cancha a otra, se cruzaron camisetas, se renovaron rivalidades y amistades, y una vez más Río Turbio confirmó ese lugar que se ganó a fuerza de años de trabajo: el de la meca provincial del vóley. Pero detrás de semejante tradición deportiva hay algo que merece una pregunta: ¿quién fue Dante Cantarutti, más allá del nombre grabado en una copa y de la escuela que lleva su apellido?

Hay un fenómeno, casi una paradoja, en la forma en que las sociedades construyen su memoria. La inmensa mayoría de quienes conocen a Dante fuera de Río Turbio lo asocia con un torneo, una institución y una excelencia deportiva que convirtió a esa localidad de la Cuenca en una referencia ineludible para cualquier voleibolista santacruceño. Sin embargo, no necesariamente conoce al hombre que hizo posible buena parte de ese camino. Sabemos dónde se juega la Copa, quiénes la disputan y qué lugar ocupa en el calendario; mucho menos sabemos cómo era el tipo que, en apenas en tres años de vida en Santa Cruz, ayudó a cambiar para siempre la historia del vóley regional.


No es algo nuevo. La historia está llena de personas que, después de morir, se convierten en símbolos tan grandes que terminan tapando al ser humano que existió detrás. A San Martín lo reconocemos en monumentos, calles y manuales escolares, aunque muchas veces esa imagen solemne deja afuera al hombre concreto, con sus dudas, sus conflictos y sus contradicciones. A Eva Perón se la convirtió en bandera, consigna y objeto de disputa, hasta el punto de que las representaciones políticas suelen imponerse sobre la complejidad de su vida. Y algo parecido sucede con tantos artistas, deportistas y referentes populares: la obra permanece, el nombre se multiplica, pero la persona corre el riesgo de quedar sepultada bajo su propia leyenda.


Con Dante Cantarutti sucede algo de esa naturaleza, aunque a escala santacruceña y en el territorio entrañable de una pelota de vóley. Su nombre sobrevivió durante más de tres décadas en una copa que convoca a generaciones de jugadores; también en una escuela donde chicos y chicas aprenden a jugar. Es una forma poderosa de mantener viva una memoria, pero no alcanza para contar una vida. Porque una cosa es recordar el nombre de alguien y otra, bastante más difícil, es comprender qué hizo, cómo vivió, a quiénes quiso, con quiénes se peleó, qué sueños lo movían y por qué todavía hay gente que habla de él con la emoción intacta.


El homenaje, cuando se vuelve tradición, tiene esa doble cara: conserva y transforma. Le da continuidad a un legado, pero también puede convertirlo en una ceremonia automática, repetida año tras año, en la que el homenajeado termina reducido a una inscripción en un trofeo. Dante merece algo más que eso. Merece que nos detengamos a conocer al profesor joven, al jugador que contagiaba entusiasmo, al amigo que dejó una marca profunda en quienes compartieron con él las canchas y la vida. Al tipo que llegó a Santa Cruz, encontró una comunidad y contribuyó a encender una pasión que todavía sigue creciendo.

Para reconstruir esa historia hay que salir un rato de los gimnasios, dejar la copa sobre la mesa y conversar con quienes lo conocieron de verdad. Hay que escuchar sus recuerdos, incluso esos detalles que no entran en una placa conmemorativa: las bromas, las discusiones, las broncas, las anécdotas de viaje y los gestos de cariño que, con el paso de los años, terminan explicando mucho más que cualquier estadística. Por eso, el jueves 15 de octubre, con el sol acompañando a Río Gallegos, unos 20 grados y esa brisa fresca que nunca falta demasiado tiempo por estos pagos, me subí a la bicicleta y agarré por la ría rumbo al Barrio Náutico. A las cinco de la tarde me esperaba César Cetta, amigo de Dante y uno de esos tipos que, cuando se habla de vóley en Santa Cruz, no necesitan demasiadas presentaciones.


Llegué, me recibió con la mejor onda y me ofreció algo para tomar. Acepté un jugo y nos sentamos a charlar. No fui a buscar una lista de resultados ni una estadística deportiva. Quería conocer al hombre que hay detrás del apellido, y sabía que César podía ayudarme a reconstruirlo porque había compartido con Dante mucho más que una cancha. Habían sido compañeros de ruta, de trabajo, de proyectos, de discusiones y de esa vida cotidiana que no aparece en las fotos oficiales, pero que termina definiendo quién es alguien.


César habla de Dante con afecto, aunque no lo convierte en un santo. Y eso es justamente lo valioso de escucharlo. Porque cuando una persona se vuelve leyenda, muchas veces la memoria empieza a limarle las asperezas, como si para merecer un homenaje tuviera que haber sido perfecta. Pero Dante fue una persona de verdad: tuvo virtudes, carácter, arranques, amistades, amores y problemas. Y fue precisamente esa mezcla, ese modo de plantarse ante la vida, lo que dejó una huella tan profunda.


Dante Cantarutti había nacido el 29 de noviembre de 1966 en La Falda, Córdoba. Se formó como profesor de Educación Física y, desde joven, encontró en el vóley un lugar para desplegar su energía. Según recuerda César, durante la secundaria empezó a jugar y un profesor lo llevó a La Calera para que pudiera competir en un nivel más exigente. Su talento no pasó inadvertido y recibió la Antorcha de Plata en su ciudad natal, un reconocimiento que anticipaba, de alguna manera, lo que después iba a provocar lejos de su casa.


Pero el camino que lo trajo al sur no fue precisamente un paseo. Como les ocurrió a tantos docentes y trabajadores que llegaron a la Patagonia buscando oportunidades, Dante fue recorriendo localidades, tomando horas y acomodándose a lo que aparecía. En ese andar hubo precariedad, incertidumbre y hasta noches difíciles. César recuerda que, en una primera etapa, llegó a dormir en la comisaría de Tres Lagos. Después trabajó en distintos destinos y pasó por lugares como Jaramillo y Fitz Roy, donde la vida laboral no siempre venía acompañada de las condiciones más sencillas.


En una de esas historias que parecen exageradas hasta que alguien que estuvo ahí las cuenta, César recuerda que Dante llegó a pasar necesidades y que, cuando lo convocaron a Caleta Olivia, pidió un “pozo entero” de comida. La expresión, bien criolla, pinta bastante mejor la situación que cualquier explicación formal. Detrás del profesor y del deportista había un pibe que se estaba haciendo camino lejos de su familia, en una provincia extensa, con distancias bravas y recursos que no siempre alcanzaban.

Fue en ese recorrido que su vida se cruzó con la de César Cetta, que por entonces trabajaba como profesor de Educación Física y director de una escuela en Río Turbio. César tenía un equipo escolar de vóley y participaba de competencias, incluso en Punta Arenas. En ese contexto recibió una carta de Dante, que quería sumarse al trabajo y encontrar un lugar donde seguir desarrollándose como docente y jugador.


César le dio algunas horas de secundaria y, al principio, Dante se alojó en su casa. Así empezó una relación que superó rápidamente el vínculo entre colegas. Compartieron el trabajo, los viajes, el deporte y la vida doméstica. Y, como suele pasar cuando dos personas conviven y trabajan juntas, también tuvieron sus discusiones.


Una de ellas tenía que ver con las malas palabras. Dante podía tener un carácter fuerte y calentarse con facilidad, pero, según recuerda César, sostenía que los docentes no debían putear delante de los chicos. La contradicción tenía su gracia: cuando se enojaba, en lugar de largar todo lo que se le venía a la cabeza, se iba a un rincón y descargaba la bronca pateando cosas. No era un santo ni un tipo de manual; era alguien que intentaba sostener sus propias reglas, aunque a veces tuviera que pelearse con su temperamento para cumplirlas.


También había lugar para la risa. En los viajes escuchaban al Negro Álvarez, el humorista cordobés al que Dante había conocido durante una etapa en la que trabajó como encargado de la pileta de un hotel en La Falda. Después repetían sus sketches en los festejos escolares. Esos recuerdos, que pueden parecer menores al lado de una trayectoria deportiva, ayudan a entender la clase de vínculo que habían construido. No todo eran entrenamientos, torneos y obligaciones. Había chistes, códigos compartidos y esas pequeñas escenas que, años más tarde, sobreviven en la memoria con una nitidez que a veces no tienen los grandes acontecimientos.


En la cancha, Dante era un punta receptor de enorme energía. No necesitaba ser el más alto para hacerse notar. Tenía temperamento, coraje, capacidad para defender pelotas difíciles y una manera de jugar que contagiaba a los demás. César lo recuerda como un jugador que se tiraba, se revolcaba y llegaba a pelotas que muchos daban por perdidas. En aquellos años, algunas de esas acciones defensivas todavía no eran habituales en las canchas de la zona. Ver a alguien hacer secantes, pelear cada punto y levantarse para seguir jugando provocaba asombro.

Pero César no se queda solamente con la técnica ni con las condiciones físicas. Cuando le pregunto por lo que distinguía a Dante, la respuesta apunta a algo que no entra en ninguna planilla: “Él contagiaba vida”. Ahí aparece una pista importante para entender por qué su nombre siguió circulando durante tanto tiempo. Dante no se limitaba a jugar bien; hacía que los demás quisieran jugar, entrenar, competir y ser parte de algo. Y esa capacidad de entusiasmar a otros puede ser mucho más decisiva que cualquier medalla.


En Río Turbio, además, ayudó a impulsar el vóley femenino y a ampliar la participación deportiva. No se trataba solamente de armar un equipo que ganara partidos. Había que crear las condiciones para que más personas se acercaran, entrenaran y encontraran un lugar en la actividad. En una localidad donde el deporte es también una forma de encontrarse, construir comunidad y abrir horizontes, ese trabajo tuvo consecuencias que fueron mucho más allá de una temporada.


De esa pasión nació también la idea de organizar una competencia propia. César y Dante venían de medirse con equipos chilenos en Punta Arenas y no conseguían superar esa barrera deportiva. En lugar de resignarse, decidieron llevar la competencia a Río Turbio y empezar a construir un torneo que les permitiera crecer. Así fueron armando lo que después se convertiría en una tradición.


Claro que organizar un torneo de ese nivel no era cuestión de poner una red, conseguir una pelota y esperar que aparecieran los equipos. Había que juntar jugadores, conseguir refuerzos, pagar viajes, darles alojamiento y garantizar la comida. César recuerda que convocaron deportistas de Córdoba y se hicieron cargo de esos gastos para levantar el nivel competitivo. También se enfrentaron una y otra vez con equipos de Caleta Olivia, entre ellos los que contaban con los hermanos Salvatierra, que les complicaban las cosas y les ganaban con frecuencia.


La rivalidad, lejos de desalentarlos, los empujaba a buscar alternativas. Llegaron a sumar a Benito Rementería, un armador reconocido que tenía buena relación con Dante. En ese ambiente, donde el resultado importaba y nadie quería perder, también se escribían anécdotas que hoy permiten asomarse al carácter del protagonista.


César recuerda un torneo en el que el premio al mejor jugador se definía por votación. Dante había quedado empatado con un rival y la decisión final dependía de un voto. Como César también estaba participando, no podía intervenir en la elección. Así que Dante se votó a sí mismo. Todos se lo querían comer crudo y César oscilaba entre la rabia y la carcajada.


La historia provoca una sonrisa, pero también muestra algo que no conviene borrar de la semblanza. Dante era competitivo, se calentaba, quería ganar y no siempre aceptaba con calma lo que consideraba una injusticia. Su humanidad no está solamente en las buenas acciones ni en la capacidad de inspirar a otros. También aparece en esas reacciones, en sus contradicciones y en la intensidad con la que se tomaba las cosas. Si lo convertimos en una figura impecable, terminamos alejándolo de la persona real que fue.


César también lo recuerda como un tipo muy enamoradizo. En una comunidad chica como Río Turbio, donde todo el mundo se conoce y las noticias circulan más rápido que una pelota después de un saque potente, los enredos sentimentales podían generar sus buenos dolores de cabeza. Es otro detalle de la vida cotidiana que suele desaparecer cuando la historia queda reducida a un homenaje institucional. Pero Dante no vivía exclusivamente para el vóley. Tenía sus afectos, sus deseos y sus asuntos personales, como cualquiera.


A comienzos de 1994 se trasladó a Río Gallegos, donde contribuyó a reunir un equipo y a fortalecer una actividad que, por entonces, no tenía en la capital el desarrollo que alcanzaría después. Su llegada fue parte de un proceso más amplio, pero quienes lo conocieron destacan la capacidad que tenía para poner gente en movimiento y contagiar entusiasmo. Dante no necesitaba esperar a que estuvieran dadas todas las condiciones: muchas veces empezaba con lo que había y convencía a otros de que valía la pena intentarlo.


Una de las historias que César cuenta con más cariño ocurrió después de un torneo en Puerto San Julián. El equipo de Río Gallegos había ganado y Dante había sido elegido mejor jugador. En lugar de quedarse solamente con la celebración y el trofeo, viajó hasta Río Turbio para mostrárselo a César.


Ese gesto dice mucho. No era una obligación ni una formalidad. Dante quería compartir el logro con alguien que había sido importante en su recorrido, alguien que lo había recibido en su casa, le había dado trabajo y había confiado en él cuando todavía estaba buscando su lugar en Santa Cruz. César lo recuerda con una frase que resume el vínculo entre ambos: “Era medio mi hijo”.


Hay relaciones que no necesitan demasiadas explicaciones. En esas pocas palabras aparece el afecto, la responsabilidad y el orgullo de haber acompañado a alguien que después tomó su propio rumbo. También aparece el dolor de saber que ese camino iba a terminar demasiado pronto.


Dante murió en 1994, a los 27 años, después de una intervención cardíaca relacionada con la válvula mitral. Su muerte dejó una marca profunda entre quienes lo habían conocido y trabajado con él. César reconstruye parte de lo ocurrido a partir de lo que le contó la madre de Dante. Según ese relato, durante la operación hubo un problema relacionado con el tamaño de la válvula que necesitaba y la que tenían disponible. César sospecha que pudo haber existido una mala praxis, pero esa es su interpretación de lo que le transmitieron; no corresponde presentarla como un hecho probado.


Lo que sí aparece con claridad en su relato es el sufrimiento de una madre que viajó a Buenos Aires para acompañar a su hijo derivado. La mamá tenía una verdulería en La Falda y, según recuerda César, aquella fue la primera vez que se subió a un avión. Quería estar cerca de Dante y verlo jugar. Él, por su parte, cuando la traía a la cuenca solía dedicarle puntos y goles, un modo sencillo y entrañable de hacerla parte de su vida deportiva, aun cuando estuvieran lejos.


César no pudo acompañarlo a Buenos Aires. Tenía nuevas responsabilidades laborales aquí en Río Gallegos y no estaba en condiciones de viajar. Se enteró de la muerte en la Caja de Servicios Sociales, cuando una mujer encargada de las derivaciones se acercó a decirle: “Se murió”. Dante había fallecido el día anterior. Hay noticias que no necesitan una explicación más larga. La frase, seca y brutal, alcanza para imaginar el golpe que significó enterarse de que aquel pibe al que había recibido en su casa, con quien había compartido proyectos, discusiones y alegrías, ya no estaba.


Dante llevaba apenas unos años trabajando en Santa Cruz. Sin embargo, el impacto de su paso por la provincia no se terminó con su muerte. El torneo que ayudó a impulsar se convirtió en una referencia deportiva, y la memoria de su nombre empezó a crecer con cada nueva edición. La Copa Dante Cantarutti dejó de ser solamente una competencia entre equipos: pasó a formar parte de la identidad deportiva de Río Turbio.


Con el tiempo, la tradición se consolidó. Llegaron nuevas generaciones, se sumaron equipos y la competencia se volvió una cita esperada por jugadores de distintos puntos de Santa Cruz y de Chile. La Escuela Municipal de Vóley Dante Cantarutti, inaugurada en 2004, también contribuyó a mantener su nombre ligado a la formación deportiva. Así, una persona que había vivido apenas 27 años terminó dando nombre a espacios que siguieron formando jugadores mucho después de su muerte.


Y ahí vuelve la paradoja del comienzo. El homenaje funcionó: el nombre no se perdió. Está en la copa, en la escuela, en las conversaciones de los entrenadores y en la memoria de quienes vuelven a Río Turbio para competir. Pero el símbolo puede crecer tanto que termine ocupando todo el espacio disponible. Se conoce la Copa Dante Cantarutti, pero no siempre se conoce a Dante. Se reconoce el valor deportivo de la tradición, pero no necesariamente la historia humana que la puso en marcha.


César me cuenta otro dato que ayuda a dimensionar esa herencia. De los ocho jugadores titulares de aquel equipo, seis terminaron estudiando para convertirse en profesores de Educación Física. Para él, Dante tuvo mucho que ver con esa decisión. No es poca cosa. Más allá de los campeonatos, las copas y los resultados, hay una generación que encontró en el deporte y en la enseñanza un camino para su propia vida. También hubo muchas mujeres que siguieron jugando y sosteniendo la actividad.


Ahí es donde el legado deja de ser una palabra solemne y se vuelve algo concreto. No vive solamente en una placa ni en un nombre escrito sobre una copa. Vive en la gente que se formó, en quienes siguieron enseñando, en los chicos que entraron por primera vez a un gimnasio y en los jugadores que aprendieron que una pelota difícil todavía se puede levantar. Vive en las personas que, de una manera u otra, se contagiaron de aquella energía que César describe con tanta sencillez.


Tal vez por eso vale la pena recuperar la humanidad de Dante sin quitarle un gramo de importancia a su legado deportivo. No hace falta elegir entre el símbolo y la persona. La copa tiene su valor, la escuela también y la tradición de Río Turbio merece todo el reconocimiento que se ganó. Pero detrás de esas instituciones hubo un profesor cordobés que llegó al sur, trabajó en condiciones difíciles, se hizo amigo de la gente, discutió, se enamoró, se enojó, hizo reír a sus alumnos y jugó al vóley con una intensidad que todavía recuerdan quienes compartieron la cancha con él.

Cuando una sociedad homenajea a alguien, también tiene la responsabilidad de contar su historia. De lo contrario, corre el riesgo de conservar el apellido y perder el sentido. Dante Cantarutti no necesita que lo convirtamos en un héroe sin defectos. Necesita que sepamos quién fue, qué hizo y por qué su paso por Santa Cruz dejó una huella tan profunda en tan poco tiempo.


Después de escuchar a César Cetta, la Copa adquiere otra dimensión. Ya no es solamente el torneo que convoca a equipos de toda la provincia y de la Patagonia chilena. Es también una puerta de entrada a una historia que merece ser contada de generación en generación. Porque cada jugador que entra a la cancha bajo ese nombre participa, aun sin saberlo, de algo que empezó con un grupo de personas que se animó a construir una tradición cuando todavía no existía.

Por @_fernandocabrera

 
 
 

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