Un gobierno que le da la espalda a la salud mental
- Santa Cruz Nuestro Lugar

- 12 ene
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Arranco esta columna para el lector de "Santa Cruz nuestro lugar" en un contexto que no es exageración ni recurso literario: alguien se escapó del centro de salud mental y ahora lo buscan nuestras fuerzas de seguridad por toda la ría. Patrulleros, rumores, cadenas de WhatsApp, miedo flotando en el aire. Y en medio de ese quilombo real, tangible, humano, me pareció imposible mirar para otro lado y no escribir sobre lo que casi nadie quiere entender, pero todos se animan a opinar: la esquizofrenia.

Porque acá pasa siempre lo mismo. Cuando la salud mental irrumpe en la calle deja de ser un tema médico y pasa a ser un problema policial. Se corre, se grita, se señala. Como si el padecimiento psíquico fuera un delito. Como si el síntoma fuera mala intención. Y no, loco, no funciona así.
La esquizofrenia es probablemente uno de los trastornos más estudiados de la historia de la psiquiatría y, al mismo tiempo, uno de los más mal leídos por el sentido común. Durante décadas se la pensó como una sentencia irreversible, una “demencia temprana”, una caída sin frenos. Después se entendió que no iba por ahí: que no era solo deterioro, sino una ruptura más compleja entre pensamiento, afectividad y contacto con la realidad. No una mente rota, sino una mente intentando sobrevivir a su propio desorden.
Hubo épocas en que se le echó la culpa a la familia, a la crianza, a la famosa madre fría, al “doble mensaje”. Mucha teoría, mucha culpa repartida, pero pocas respuestas reales. Eso empezó a cambiar cuando la medicina avanzó en serio y aparecieron los primeros antipsicóticos. Ahí se vio algo clave: los brotes psicóticos podían bajar, los delirios podían aflojar, la persona podía volver a anclarse un poco más en lo real. No era magia, pero tampoco verso.
Con el tiempo quedó claro que no alcanza con decir “es dopamina” y chau. Hay genética, sí, pero no un gen maldito. Hay ambiente, hay historia, hay consumo, hay estrés, hay cuerpo y hay contexto. Hoy la esquizofrenia se piensa como un trastorno del neurodesarrollo: algo que se gesta temprano, en silencio, y que muchas veces se manifiesta en la adolescencia o en la adultez joven. No es una falla moral. No es una elección. No es un capricho.
Y acá está el punto que en Santa Cruz seguimos esquivando como si quemara: el tratamiento no es solo una pastilla. Es acompañamiento, es seguimiento, es familia contenida, es comunidad que no expulsa, es Estado presente. Es laburo fino, cotidiano, invisible. No garpa en redes, no suma likes, no queda lindo para la foto.
Por eso, mientras siguen buscando a esta persona perdida, desorientada, probablemente aterrada, no puedo dejar de pensar en lo que falla siempre antes: el abandono, la desidia, el parche. Ojalá aparezca sano y salvo. Ojalá no termine lastimado. Ojalá no se convierta en otra historia que se tapa rápido y se olvida más rápido todavía.
Y ojalá, de una vez por todas, el Estado provincial tome cartas en el asunto en serio. Sin acting. Sin circo. Sin esa bajeza de gobernador que para cada crisis se disfraza de algo distinto. Ya estuvo el traje de bombero traído de El Chaltén. Para esta ocasión, si de verdad quiere hacer algo útil, que se lo saque y se ponga —aunque sea simbólicamente— el de psiquiatra. Pero uno de verdad: con presupuesto, políticas públicas y humanidad. Porque la salud mental no se apaga con agua ni con apretones de mano. Se aborda. Se cuida. Se hace cargo.
Por @_fernandocabrera




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