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Viggo Mortensen en Río Gallegos: crónica de una visita inesperada

  • Foto del escritor: Santa Cruz Nuestro Lugar
    Santa Cruz Nuestro Lugar
  • hace 21 minutos
  • 4 Min. de lectura

Me sonó el celular en plena redacción de Prensa Gubernamental, que en 2013 funcionaba adentro de la Casa de Gobierno. Yo estaba ahí, entre cables oficiales, monocordes partes de prensa y mate lavado. La llamada era de un medio nacional. Eso me cambió la agenda del día.

—¿Te animás a cubrir la llegada de Viggo Mortensen a Río Gallegos?


Dije que sí sin hacerme el interesante. Me estaba divorciando y necesitaba la teca. Punto. Metí una excusa rápida —ni me acuerdo cuál— y me escabullí al pasillo como quien va a hacer inteligencia. Corté y activé las averiguaciones: llamaditas estratégicas, nombres propios, data cruzada. Así supe que la productora del Rafi Castillo estaba a cargo del catering en la locación de exteriores en Laguna Azul.


Minutos después, pasó a buscarme un auto enviado por el que me contrataba y rajamos para allá, viento cruzado y esa agua nieve que te cachetea la dignidad. Llegamos con fe… y nos frenó el vallado. Seguridad inflexible. “No se puede pasar”. Media vuelta, mascando frustración.


Pero la obstinación también es un oficio. En un descuido, entre técnicos que iban y venían, logré burlar el cerco de producción. No fue ninguna hazaña cinematográfica: fue timing y cara de piedra. Lo vi a unos metros, en pausa entre tomas. Me acerqué despacio.


Le pedí un reportaje. Me dijo que no podía. Que por contrato no estaba habilitado a dar entrevistas en ese momento. Pero agregó algo más: que fuera dos horas después al hotel, que ahí me iba a facilitar el contacto con su productora para canalizar todo por la vía formal.


Antes de retirarme, me permitió una foto. Una sola. Sobria, sin show. Fue ahí, en ese instante mínimo frente a la cámara de mi chofer, cuando comprobé que tenía una estatura muy similar a la mía. Terrenal. Nada de gigante mitológico. Un tipo de carne y hueso con barba espesa y mirada firme.


Nos retiraron con elegancia. El vallado volvió a ser vallado.


Dos horas después estaba entrando al lobby del Hotel Patagonia. Afuera seguía lloviznando. Adentro, calefacción y silencio de hotel prolijo. Y ahí estaba él: sentado, escuchando por radio el partido de San Lorenzo. Concentrado. Cuervo auténtico.


Ya tenía muy encima a un cronista cordobés de Tiempo Sur que iba fuerte, demasiado fuerte. Yo siempre pensé que si a Viggo no le cayó bien no fue por sus fachas en sí —aunque el combo era particular: piluso con tiras de Belgrano de Córdoba, campera deportiva azul eléctrica, tono tribunero permanente— sino por los colores que llevaba y el modo en que los llevaba. No eran, claramente, los de San Lorenzo. Y eso, sumado a la forma medio patoteril de encararlo, terminó de arruinar el clima. Más que la ropa, era la energía impropia de un periodista poco experimentado.


Viggo, tranquilo, repetía que no podía dar declaraciones ni fotos. Lo hacía sin agresividad. El cordobés insistía. Cuando por fin se fue mascando bronca y tirando “culiadazo”, “pinchila” y otras joyitas del frondoso diccionario mediterráneo, el lobby volvió a respirar.


Ahí me acerqué. Me presenté. Me reconoció de la laguna. Sin vueltas, cumplió lo prometido: sacó una tarjeta profesional y me la dio. Era el contacto formal de su productora. Apretón de manos firme. Sin poses.


Esa noche le escribí y le pasé mi cuestionario. A los pocos días, respuesta. Habló de viajes largos cruzando desiertos que parecían salidos de un western, de los ríos y montañas preandinas, de su padre recorriendo Santa Cruz en los años sesenta con geólogos y explorando partes entonces poco conocidas. Contó que en Santa Cruz filmaban el tramo final del viaje del Capitán Gunnar Dinesen, militar danés vinculado al Ejército Argentino a fines del siglo XIX. Que en Laguna Azul el paisaje le recordaba a Islandia y al sur de Nueva Zelanda. Que su personaje llegaba al extremo sur medio desesperado, medio enloquecido buscando a su hija.


Todo impecable.


Y yo, sinceramente, nunca creí ni verga que esas respuestas las hubiera escrito él. Sonaban demasiado pulidas, demasiado diplomáticas. Para mí salieron del teclado de su secretaria privada o del equipo de prensa. Profesionalismo puro. Igual, la foto en la laguna fue real. El apretón en el lobby fue real. Y la tarjeta profesional, también.


Años después vi "Jauja" (Así se llama la peli). Y sí, aparece la Laguna Azul… pero solo dos minutos. Capaz menos. Apenas segundos de ese metraje que nos tuvo contra el vallado bajo la lluvia.


Y me quedó una espina mínima, casi nerd histórica: hubo una pregunta que no puse en el cuestionario que le envié. Nunca le pregunté si tenía algún parentesco con don Rodolfo Mortensen, nacido en Jutlandia, Dinamarca, el 2 de enero de 1850, llegado al país el 1° de enero de 1890. El mismo que, tras pasar por Buenos Aires, vino a Santa Cruz acompañando al agrimensor Carlos Siewert para medir las 400 leguas de la concesión Grünbein; que recorrió palmo a palmo el territorio, arrendó tierras sobre la margen sur del río Santa Cruz para criar lanares y terminó consolidando su estancia hacia 1907; que además ejerció los consulados de Dinamarca y Noruega en Río Gallegos y fue de los que más empujaron la Sociedad Rural del puerto.


Esa pregunta quedó en el tintero.


Todo lo demás pasó como tenía que pasar: un celular sonando en Casa de Gobierno, un divorcio apretando el bolsillo, un vallado que no cedió, una foto en la laguna, un cronista cordobés ofuscado, una tarjeta profesional entregada en el lobby y un mail prolijo que cruzó el mapa.


Con eso, a mí me alcanzó para pagar los honorarios de mi abogada.

Por @fernandocabrera


 
 
 

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