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De la vez que Sportacus aterrizó en El Chaltén

  • Foto del escritor: Santa Cruz Nuestro Lugar
    Santa Cruz Nuestro Lugar
  • 17 mar
  • 2 min de lectura

Nunca fui un gran cocinero, ni ahí. En casa siempre jugué en la B de la gastronomía doméstica. Lo mío era ir a lo seguro: horno, bandeja, pan rallado y que el destino haga lo suyo. Ese día de 2023 estaba en esa escena bastante modesta, acomodando unas milangas medio torcidas mientras en la tele quedaba de fondo National Geographic, que yo suelo dejar prendido como quien deja una radio con documentales.

El horno ya largaba ese olor glorioso a comida simplona cuando aparece la noticia ¡En la pantalla mostraban que Magnús Scheving, el tipo que hacía de Sportacus, se había tirado en paracaídas nada menos que en El Chaltén!

Y yo quedé recebado mirando la tele.


Porque de golpe me pegó un viaje mental a esos años en que la casa estaba tomada por capítulos de LazyTown, que mis hijos miraban a morir en Discovery Kids.


Justo en esa entran ellos, ya grandotes, con esa onda medio pibe 2023: auriculares colgando, cara de “qué onda viejo”, actitud de gente que ahora se hace la superada.


—¿Qué te pasa? ¿Por qué estás tan manija con la tele?


Yo tenía la pinza en la mano y una milanga a medio dar vuelta. Y largué la pregunta:


—Che… ¿ustedes se acuerdan de Sportacus?


Se miraron entre ellos.

Silencio.


Después vino la jugada clásica del pibe grande: hacerse el dolobu olímpicamente.


—¿Sporta… qué?


Negaron con la cabeza como si yo estuviera hablando de un NPC cualquiera.


Y mientras ellos hacían ese acting de amnesia infantil, a mí se me empezaron a cruzar recuerdos gloriosos en la cabeza. Porque ese flaco no era cualquier actor. Yo me acordaba que el tipo en realidad era islandés, que había sido atleta posta, campeón de gimnasia aeróbica y que hasta lo habían nombrado deportista del año en su país. Un tipo que encima había creado él mismo la serie, la escribió, la produjo y después se puso el traje para hacer de Sportacus enseñándoles a los chicos a moverse, comer mejor y no quedarse tirados como bolsas de papa.


O sea: el héroe del programa… lo había inventado el mismo que lo interpretaba.


Y mientras me acordaba de todo eso, mis hijos seguían ahí, haciéndose los desentendidos como si LazyTown nunca hubiera existido en su infancia.

Ahí entendí todo.

Me guardé el entusiasmo como quien guarda una figurita vieja en un cajón, acomodé la bandeja en el horno y les tiré, medio sobrador:


—Nah… olvídense. No lo entenderían.


Y seguí con las milangas.


Pero mientras el horno laburaba ahí callado, me cayó la ficha de algo medio hermoso: que en tanto ellos miraban a Sportacus como su héroe cuando eran chicos… yo también lo estaba mirando igual.


Porque uno cree que les deja esos programas a los pibes para que se entretengan.

Mentira.


A veces los deja porque, muy en el fondo, uno también necesita creer que existe algún chabón en calzas azules que cae del cielo, hace una voltereta imposible y te recuerda que todavía se puede salvar el día.


Aunque después los pibes crezcan, se hagan los boludos, tiren un “ni idea”…


y vos sigás defendiendo las milangas al horno como tu único plato fuerte.

Por @_fernandocabrera

 
 
 

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