El descuartizador de la Swift: la historia de horror que Río Gallegos no olvida
- Santa Cruz Nuestro Lugar

- 10 jul 2025
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Río Gallegos, septiembre de 2008. El compasivo frescor que anuncia la primavera se colaba por todos lados, pero no alcanzaba a predecir lo que estaba por venir. En una ciudad curtida por el viento y el silencio, ese mes marcó un antes y un después en la memoria colectiva. El caso Shirley Adaro no fue un crimen más. Fue una salvajada que aún hoy retumba como un eco sordo en las calles vacías, en los pasillos de Tribunales, en los calabozos donde los gritos no se escuchan.

Todo empezó la madrugada del 6 de septiembre. Shirley Elizabeth Adaro Davies, una piba de 28 años oriunda de Trelew, recorría el circuito nocturno de Río Gallegos. Laburaba como alternadora en boliches y bares. Esa noche se cruzó con Lucas Huaimas, un salteño de 25 años que había aterrizado hacía poco en la ciudad, buscándola entre la changa y el rebusque. Pero su historia no empezaba ahí.
El tipo venía con oficio: traía años de experiencia en carnicerías del norte. Sabía lo que era despiezar una vaca al hilo, cortar hueso como si nada, y mancharse las manos sin asco. Llegó al sur con lo puesto, en un segundo intento por hacer pie. Caminando de acá para allá, medio perdido y sin mango, se topó con una obra en construcción en Don Bosco 1130. Se mandó, pidió laburo, y lo terminaron tomando como sereno. Le tiraron un colchón en uno de los departamentos que dan a la calle y ahí se quedó, custodiando ese lugar medio fantasma, a medio levantar.
Una noche, para cortar la rutina y el bajón, se fue a una bailanta de las bravas sobre Avenida Kirchner, pegadita al viejo Cavadonga. Ahí se conocieron. Charla va, trago viene, pegaron onda. Él la invitó para el día siguiente a "su casa", o sea, el departamento que cuidaba. Ella aceptó.

La cita arrancó tipo siete, y pintaba piola. Él había comprado fiambre y pan en La Anónima del Belgrano, y se tomaban un escabio barato mientras sonaba una radio colgada de un clavo en la pared, tirando cumbia. Bailaron, se rieron, todo tranquilo. Hasta que él quiso avanzar. La abrazó, la intentó besar. Y ahí la cosa se fue al carajo.
Ella lo frenó en seco. Le aclaró que para ella eso era un laburo y que tenía que garpar. Él no entendía, o no quería entender. Insistió. Ella se defendió, le gritó “¡soltame, hijo de puta!”, y eso fue lo último. A Huaimas se le soltó la cadena. Le pegó, primero con las manos, después con todo lo que encontró. Y cuando los gritos de ella llenaban el ambiente, la hizo callar de un masazo en la cabeza.
Cayó. Muerta o moribunda, nadie lo sabe con certeza. Pero él, ya desencajado, supo lo que tenía que hacer. Puso en práctica su viejo oficio de carnicero. La descuartizó. Durante horas. Con paciencia quirúrgica y el estómago de acero que traía desde Salta. Terminada la faena, agarró bolsas negras de consorcio y se dispuso a repartir el horror.
La primera parte —quizá una pierna— la llevó a un baldío en Don Bosco y Richieri. Hizo una fogata improvisada y la tiró al fuego. Volvió por más. Pero el humo llamó la atención de los vecinos, que sin saber lo que pasaba, llamaron a los bomberos. Cuando Lucas volvió al baldío, ya se escuchaban las sirenas. Entonces se fugó como alma que lleva el diablo.
Corrió hacia La Anónima. En un container sobre Cepeda arrojó otra parte. Más adelante, otra. Así, como un sacado, empezó a caminar sin rumbo, todo ensangrentado, con un viejo Nokia 1100 en el bolsillo.
Mientras tanto, los bomberos apagaban el fuego y encontraban el espanto. Restos humanos. Cuando la policía llegó y ató los cabos, se largó una cacería feroz. La ciudad, que dormía con la panza llena después de un sábado cualquiera, se encontró metida de golpe en una pesadilla. Las sirenas eran un coro de fondo permanente. Y cada nuevo hallazgo encendía el morbo: en un container, una bolsa con sangre. En la calle, un pulmón. Y más tarde, la imagen más macabra: fotos filtradas desde dentro de la fuerza mostrando las partes de Shirley como si fueran cortes de una carnicería. Una falta de respeto total. Una crueldad más.

La policía estaba desbordada. Nadie se imaginaba algo así. Un descuartizador suelto en una ciudad tan chica era algo impensado. Pero Lucas, como si nada, seguía dando vueltas por nuestras calles. En un momento de lucidez, llamó a un pariente en Salta. Estuvieron largo rato hablando. El familiar lo convenció de entregarse. Y cuando cortó, levantó la vista y se dio cuenta de que estaba justo frente a la estación de bomberos de Lisandro de la Torre. Con sus pilchas ensangrentadas, entró al cuartel y abriendo los brazos dijo: “Fui yo”.
Contó todo con una frialdad que te pone la piel de gallina. Los llevó a la escena. Debajo de la cama, la cabeza de Shirley, envuelta con trapos. Como si fuera una cosa.
El juez Santiago Lozada ordenó su detención. Lo encerraron en la Seccional Primera. Al poco tiempo intentó ahorcarse con una sábana. Lo movieron de calabozo, pero los otros presos lo querían linchar. Volvió al mismo lugar. Y así, entre la culpa, el miedo y la presión, se fue cocinando su final.
La madrugada del 16 de octubre, un mes después del crimen, lo encontraron colgado. Su compañero de celda dio el aviso, pero ya estaba frío. Lucas Huaimas logró lo que la Justicia no: cerró el caso con su propia muerte.
Así terminó una de las historias más oscuras de Río Gallegos. Sin juicio, sin condena, sin justicia. Shirley fue descuartizada, quemada y tirada como basura. Y él se fue por la puerta de atrás, dejando a toda una ciudad congelada de bronca. Un espejo roto, sí señor.
El caso de Shirley no fue un hecho aislado. En Santa Cruz ya se habían registrado otros crímenes de mujeres con patrones parecidos. En la Cuenca, en Caleta, en estancias del interior. Pero éste fue distinto. Pasó en la capital. En calles que todos pisamos. En esquinas que miramos sin saber. Con nombres conocidos. Con restos apareciendo como pistas macabras en lugares cotidianos. Río Gallegos no volvió a ser la misma.
Hoy, más de quince años después, cada vez que alguien menciona "el descuartizador de la Swift", se siente un escalofrío en el aire. Porque hay crímenes que no se entierran ni con el cuerpo, ni con el tiempo. Y este, aunque la causa esté archivada, sigue abierto en la memoria de todos.
Como fuere, este humilde redactor de "Santa Cruz nuestro lugar", que más de una vez ha caminado de noche por Don Bosco al 1130, no puede evitar —cada vez que pasa frente a ese complejo de departamentos— clavar la mirada en esa ventana que da a la calle. La misma que alguna vez “custodió” Lucas como sereno. Y pensar, con un nudo en la garganta, si la gente que hoy vive ahí sabe lo que pasó. Si se enteraron. Si alguna vez sintieron algo raro. O si simplemente siguen sus vidas, sin saber que en ese rincón de esta ciudad, una noche cualquiera, se desató el mismísimo infierno.
Por @_fernandocabrera




Yo lo recuerdo como si fuera hoy. Volvía de la radio. La policía, bomberos, gente mirando por las ventanas, gente de a pie. Curiosos. Nosotros, (porque iba con alguien más) quedamos azorados al ver en la vereda de la Anónima algo quemado tirado allí, alguien nos dijo que un tipo descuartizó una chica, la quemó y la desparramó en diferentes lugares, algunas partes se le cayeron... Imagínate, nunca quise saber que parte del cuerpo vimos, es morboso eso. Al tiempo nos enteramos la ciudadanía toda, que se había ahorcado en su celda. Paso a diario por allí, y como vos, también miro hacia esa ventana.