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¿Por qué los libros gordos ya no garpan?

  • Foto del escritor: Santa Cruz Nuestro Lugar
    Santa Cruz Nuestro Lugar
  • hace 3 días
  • 4 Min. de lectura

Seamos sinceros y dejemos de darle vueltas al asunto: los libros gordos ya no garpan porque estamos emperrados en que leer sea una actividad universal, casi obligatoria. Y cuando algo se vuelve mandato cultural, lo primero que hacemos es rebajarlo, suavizarlo, convertirlo en una experiencia “amigable”. Como si la literatura necesitara packaging nuevo para sobrevivir.

¿Desde cuándo asumimos que leer es obligatorio? ¿Quién decretó que hay que convertir cada novela en una versión “accesible”, “para todos los públicos”? Es como si los fanáticos del trekking en la Patagonia decidieran que todo el mundo tiene que subir al Fitz Roy. Entonces, para que nadie se agite ni se asuste, dinamitan las pendientes, asfaltan el sendero y ponen escaleras mecánicas hasta la cumbre. ¿Sigue siendo montaña? No. Le quitaste el frío en la cara, el silencio brutal, la exigencia física, el riesgo. Le sacaste la experiencia.

Con la literatura estamos haciendo exactamente eso.

Queremos democratizarla a fuerza de simplificación. Oraciones cortitas. Tramas lineales. Personajes explicados hasta el hartazgo. Todo masticado. Todo subrayado. Todo “entendible”. Y en ese afán buenista terminamos siendo condescendientes, como ese profesor que te habla lento y fuerte porque cree que no vas a entender.


Pero acá viene una hipótesis incómoda: en ese proceso de “acortar para incluir”, quien salió beneficiada fue la literatura infantojuvenil. Y no lo digo despectivamente; lo digo como fenómeno editorial concreto.


Si vos diseñás textos más breves, de lectura ágil, con estructuras claras, capítulos cortos y conflictos explícitos, ¿a qué público se parecen? Exacto. Al lector en formación. Y eso generó un desplazamiento de mercado. Mientras la novela adulta de 500 o 600 páginas pierde terreno, el segmento juvenil crece con una potencia tremenda.


No es casual que las sagas young adult —de Harry Potter, que empieza como literatura infantil y termina siendo fenómeno global, pasando por Los juegos del hambre, hasta las distopías adolescentes más recientes— hayan dominado rankings durante años. Estamos hablando de tiradas millonarias, adaptaciones cinematográficas, comunidades lectoras que llenan estadios en presentaciones.


Incluso en el mercado hispanohablante, el sector infantil y juvenil suele representar entre un 20% y un 30% de la producción editorial anual. No es un nicho: es músculo económico real. Las ferias escolares, los planes de lectura y los catálogos específicos sostienen buena parte del negocio.

¿Qué pasó entonces?

Que en nombre de la democratización se fue instalando una estética de la inmediatez: capítulos cortos, ritmo cinematográfico, lenguaje transparente, moraleja más o menos visible. Todo válido. Todo legítimo. Pero cuando esa lógica invade la narrativa adulta, la cosa se aplana.


No se trata de atacar la literatura juvenil —que tiene obras extraordinarias— sino de notar que la simplificación pensada para “sumar lectores” termina modelando el gusto general. Y cuando el lector crece, muchas veces se queda en ese registro. No por incapacidad, sino porque el mercado le sigue ofreciendo eso.


Mientras tanto, la novela larga, compleja, ambigua, que no te explica todo y que exige 20, 30 o 40 horas de lectura (sí, una novela de 600 páginas puede implicar fácilmente más de 25 horas), queda como una rareza medio elitista. Cuando en realidad siempre fue así: nunca fue consumo masivo.


Kafka no importa porque sea sencillo. Beckett no sigue latiendo porque lo entiendan en la primera lectura. Sylvia Plath no conmueve porque esté pensada para un scroll rápido entre notificaciones. Importan porque guardan un misterio. Un núcleo duro. Algo que no se deja domesticar.


No hace falta un coeficiente intelectual de 180 ni una biblioteca heredada del abuelo. Hace falta deseo. Deseo brutal. Deseo casi enfermizo de leer hasta comprender… o hasta rendirse en el intento. Porque ahí, en esa fricción, en ese no entender del todo, está la chispa.


Los libros largos no garpan hoy porque exigen tiempo. Y el tiempo es lo único que la época no quiere ceder. Vivimos en modo clip: 30 segundos, resumen, hilo explicativo, top 5. Una novela de 600 páginas compite contra una catarata de estímulos que gritan más fuerte. Y claro, pierde. No porque sea peor, sino porque no suplica atención: la exige.


Tal vez el problema no es que la gente lea poco. Tal vez el problema es que queremos que todos lean lo mismo, del mismo modo, al mismo ritmo. Y eso es una fantasía medio autoritaria disfrazada de inclusión.


La literatura no es un servicio público. Es una pasión. Y como toda pasión, no es para todos. Nunca lo fue.


Capaz el día que aceptemos que no es masiva, que no es cómoda y que no es rápida, los libros largos vuelvan a garpar. No en ventas récord ni en rankings virales. Sino en lo único que importa: en la cabeza y en el pecho de los que se animan a quedarse.


Al cierre de esta nueva columna, el lector de "Santa Cruz nuestro lugar" debiera observar que tal vez el problema no sea la longitud de los libros, sino que el mundo se volvió frívolo. A veces pienso que si estos fueran seres, no andarían contando calorías ni midiéndose la cintura cultural. No competirían por ser livianos ni fáciles de digerir. Entre ellos, al contrario, estaría bien visto tener cuerpo. Estar gordos de páginas, de ideas, de misterio. Porque en la literatura, el volumen no es exceso: es profundidad.

Por @_fernandocabrera

 
 
 

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